En Jersón (Ucrania), el miedo también tiene sonido
Fuente del clip de prensa: El Espectador
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Antes de llegar a Ucrania había trabajado en diferentes crisis humanitarias marcadas por el conflicto armado. Creía entender lo que significaba vivir en medio de la violencia. Pero nada me preparó para la primera vez que escuché el zumbido de un dron FPV ruso sobrevolando Jersón. En esta ciudad del sur de Ucrania la pregunta ya no es si la guerra llegará, sino si hoy será posible regresar a casa.

Caminar por Jersón significa convivir con un sonido que se volvió parte de la rutina. Acompaña a quienes esperan un bus, salen a comprar comida o simplemente intentan llegar al trabajo. Es el recordatorio permanente de que alguien puede estar observándolos desde el cielo y de que, en cualquier momento, ese mismo dron puede atacar.
La primera vez que lo escuché levanté la mirada por instinto. Las personas a mi alrededor reaccionaron de otra manera. No entraron en pánico. Algunas aceleraron el paso buscando un refugio; otras siguieron caminando con la esperanza de que el dron continuara su camino.
La guerra se ha convertido en una parte tan intrínseca de la vida cotidiana que incluso el miedo ha tenido que adaptarse.
En los últimos meses, los ataques han alcanzado buses de transporte público, ambulancias, hospitales, viviendas, vehículos civiles y personas que simplemente caminaban por la ciudad. Para quienes viven en Jersón, estos hechos ya no se perciben como incidentes aislados. Forman parte de una realidad cotidiana en la que la población civil permanece expuesta mientras intenta continuar con su vida.
La guerra también transformó el paisaje urbano. Calles, hospitales y otros puntos críticos hoy están cubiertos por enormes mallas antidrones. Lo que hace pocos años habría parecido una escena de ciencia ficción se convirtió en una medida básica de supervivencia. Basta mirar hacia arriba para entender que, en Jersón, incluso el cielo dejó de ser un lugar seguro.
Con el paso de los meses entendí que el impacto de esta guerra no solo se mide por los edificios destruidos o el número de víctimas. También se refleja en el desgaste silencioso de quienes permanecen trabajando junto a las comunidades.
Cuando termina la jornada laboral, el personal humanitario y los voluntarios locales no dejan atrás el conflicto. Regresan a la misma ciudad donde continúan las explosiones, las alertas antiaéreas y los drones. Se preocupan por sus propias familias mientras acompañan a otras. Con frecuencia conocen personalmente a quienes han resultado heridos o han muerto.
Vivir bajo una amenaza permanente termina modificando la manera de pensar, descansar y relacionarse con el entorno. Es el no desconectarse nunca del todo. Cualquier sonido obliga a estar alerta. Cada desplazamiento requiere evaluar nuevamente los riesgos. Esa hipervigilancia constante se traduce en agotamiento, estrés y desgaste emocional.
Fue precisamente trabajando junto a organizaciones locales donde comprendí que proteger a la población civil también implica proteger a quienes permanecen a su lado.
En Nonviolent Peaceforce (NP) esa convicción se refleja en el programa Duty of Care, una iniciativa que busca fortalecer la seguridad y el bienestar del personal humanitario local mediante equipos de protección, formación en contextos de seguridad, apoyo en salud mental, capacitación en Primeros Auxilios Psicológicos y herramientas de alerta temprana, como analizadores portátiles de frecuencia capaces de detectar la actividad de drones rusos cercanos y ganar segundos valiosos para buscar refugio.
No se trata únicamente de cuidar a los trabajadores humanitarios locales. Cuando ellos cuentan con las condiciones necesarias para continuar su labor, las comunidades mantienen el acceso a acompañamiento, protección y asistencia humanitaria.
El derecho internacional humanitario existe para proteger tanto a la población civil como al personal humanitario. Sin embargo, la realidad cotidiana en Jersón demuestra que, si bien el respeto a estas normas sigue siendo indispensable, no basta para responder a conflictos en constante evolución. La naturaleza cambiante de las amenazas también obliga a las organizaciones humanitarias a ser flexibles, innovar y adaptar continuamente sus estrategias de protección para seguir apoyando a las comunidades de forma segura.
Cuando llegué a Jersón pensé que lo que más recordaría sería el sonido de los drones. Hoy entiendo que lo que realmente permanecerá conmigo será otra lección: proteger a quienes deciden permanecer junto a las comunidades también es una forma de proteger a la población civil.
Francisco Barreto Pinzón es trabajador humanitario colombiano y actualmente está en Jersón, Ucrania, con la organización humanitaria internacional Nonviolent Peaceforce (NP).
